La primera vez que pude disfrutar del documental dirigido por David Gebb  sobre este octogenario enamorado y obsesionado por su trabajo, quede tan impresionada que me hice un planteamiento muy serio sobre mi futuro en el manejo de la esterilla de sushi, convencida de que mis pinitos en este arte eran un balbuceo de niños comparados con la maestría de alguien que ha pasado toda su vida perfeccionando una bolita de arroz con un pedazo de pescado encima.

Dicho así suena realmente simple, a no ser que llegues a entender  que el fundamento de su arte es la elección de los mejores productos del mundo, en el mejor mercado de pescado del mundo, Tsukiji, donde el género no está fresco, está vivo, y a donde van a parar, por ejemplo, la mayoría de los atunes que se pescan en nuestras almadrabas andaluzas.

La virtud del documental es hacer adentrarse al espectador en una filosofía de vida poco común, a entender el sentido oriental del trabajo como un esfuerzo vital y continuado, a comprender las vivencias de todos aquellos que rodean a Jiro, tanto sus hijos, que han seguido su estela, como los clientes que tienen el privilegio de degustar esos bocados de cielo. Por supuesto y sobre todo, el interior de un hombre dedicado por completo a su pasión.

Sorprendentemente, el restaurante está ubicado en una estación de metro, Ginza, y en el sólo caben ocho comensales por servicio. No, no intentéis pedir hora. Con TRES ESTRELLAS MICHELIN y a 300 € el cubierto, las posibilidades de comer allí son infinitesimales, a no ser que seáis Barak Obama, que pudo disfrutar de esa experiencia con el primer ministro japonés el 23 de Abril pasado.

 

Mi consejo, no os podéis perder el documental, es una joya. Y Jiro Ono un hombre único.

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